martes, 22 de marzo de 2011

Según María Elena

Me escribía siempre las ies cursivas demasiado largas, el punto fuera de lugar, en la próxima letra. ¿Alguna vez en la anterior? No, sí, alguna vez en la anterior, sí. No había manera de hacerle entender el sujeto y el predicado, me miraba desorientado, no como Anita o Fabricio, que les costaba todo, matemática, geografía, todo, pero preguntaban y yo iba y les explicaba, éste se quedaba callado, era imposible. ¿Tan difícil era? Qué cosa... No, pero aparte se me sentaba adelante y no dejaba de mirarme, no es que fuera malo, pobrecito, se vestía un poco desprolijo nomás, te digo más de una vez vino a la escuela con unos zapatos sin suela... nunca se supo qué pasó con las suelas, ni los padres... pero me atrasaba a Cristinita, o a veces a Pablo, porque Cristinita se hartaba y lo acusaba, porque también la miraba como me miraba a mí, desorientado, pero yo no podía hacer nada, porque no hacía nada, y entonces tenía que sentarle al lado a Pablo. ¿Pobrecita la nena no? No, pero además ella era la que siempre colaboraba con la clase, pasaba al frente, y con él nunca se podía hacer nada, lo llamaba y venía sin chistar, pero después se quedaba callado y me miraba, hasta que le tenía que decir que vuelva a su pupitre y que me alcance el cuaderno para otra notita, otra más... tenía más notitas que ejercicios de matemática... ¿Y los padres? Qué irresponsables. No, qué se puede decir: los llamábamos, la directora y yo, a veces, la psicopedagoga, pero ellos no sabían qué hacer con él, se les iba de las manos, lo habían llevado a la psicóloga pero lo único que hacen es echarle la culpa a la madre... El colmo, pero ojo, o sino al padre, o a la Institución Educativa, de no creer... No, es verdad, a veces a la Escuela también, pero hay que ser más prácticos, si me dejaran hacer las cosas como yo quisiera, si podría, pero así están las cosas... Qué terrible, ¿no? No, terrible. Terrible.

domingo, 20 de marzo de 2011

Según Esteban

—A mí lo que me gustaba del chabón es que escucha música al palo y resulta que lo que escucha es lo que yo hubiera puesto. 
Claro, a mí no me jode pero tenía que escucharla todo el tiempo la cantinela de Luciana diciendo «cómo logra hablar por teléfono si nosotros apenas podemos comunicarnos por culpa de su volumen» a lo que yo, en chiste, le respondo que si nos cuesta el diálogo debe ser por motivos de pareja que no lo meta al bepi que no tiene nada que ver. Me hace ojitos, sonríe y sigue: «no seas pavo que sabés de qué te estoy hablando; mirá, ahora llora... no, se ríe... se está riendo, ¿no?» 
Y me levanto para consentirla y asomo el marote por la ventana y lo veo al loco riéndose de manera tentadora, te juro, empiezo a reírme porque algo contagioso provoca la risa de otro, viste; pero nos entramos a preocupar cuando a los cuarenta y cinco minutos el flaco estaba en la misma y ya sin teléfono. 
Imaginate. Luciana y yo asomados, pegados a la ventana sin disimulo como si no hubiera nada más interesante para ver o hacer. 
Abajo el ruido de los pocos autos que dan vueltas a las dos de la mañana se sumó a lo único que se escuchaba del edificio de enfrene, la música. 
Entonces ahí me dice: «voy, cruzo. Le pregunto si está todo bien, porque lo veo distinto; está distinto, como en trance. Veo. Si está todo ok, vuelvo»; le digo: Luciana cortala. ¿Distinto a cuándo? Tendrá algunas pastillas encima, dejalo. Es inofensivo. Si sigue con la musiquita llamamos al portero y le pegará un timbrazo, como hicieron los del 6to la otra vez. 
Termino de decirle eso y escucho: «voy». 

A los cinco minutos lo veo al flaco ir hacia la puerta, abre y hace el ademán clásico de invitar a pasar a quien está del otro lado. 
Entra Luciana. 
Empieza a hablar, incómoda, moviendo los brazos como hace siempre. El loco, indiferente porque se le notaba en la cara sin que le importara en lo más mínimo lo que Luciana tenía para decirle, le tira la mano; se dan la mano. La saca a bailar. ¿Escuchaste? la saca a bailar y la muy turra sale a bailar. 
Bailaron como tres horas. 
¿Sabes cuántas veces Luciana miró por la ventana sabiendo que yo estaba viéndolos y a unos metros; que la muy trola sabe que podría haber cruzado en cualquier momento y romperle la puerta, la cara, la música, todo? ¿Sabes cuántas veces? 
Ninguna. 
Y el pibe se la empieza a comer. A los besos limpios y Luciana relajadísima, seductora, diosa; «si está todo ok, vuelvo» hija de puta pensaba yo cuando lo veo al loco mirarme fijo... él sí me mira, consciente de que estoy, de que existo, de que los veo, de que está con mi mujer y me sigue mirando y se sonríe y le mete unas manos que daban para el aplauso y le empieza a sacar la ropa en el mismo momento que salen del living y dejo de verlos. 
Siguió la música hasta las ocho y media. 
Ayer llovió mucho y todo el día pero de vez en cuando alcazaba a ver cuando Luciana pasaba a la cocina. 
Nunca cruzó la mirada. Nunca cerró la ventana o corrió las cortinas. 
A él en cambio lo veía nítido cada vez que se asomaba, tanto que hasta me pareció que me saludaba con la mano confirmándome que siempre supo que lo mirábamos desde el otro lado y que se la estaba cobrando. 
Es inofensivo, me acuerdo que le dije, hija de re mil putas. 

Y no sé, calculo que vendrá esta noche porque mañana tiene que dar clases.

viernes, 18 de marzo de 2011

Según Gustavo

Llegué y ya estaba ahí, sentado, las manos sobre las rodillas y la mirada perdida en un cartel de «Sonría, lo estamos filmando». Sonreía, el Dado éste. Probé un desafilado «hola», me presenté, el tipo me sonreía y asentía con la cabeza sin hacer sonido, sólo respondió con un «Dado» a mi «Gustavo». Me senté a su lado, imité su posición casi instintivamente, pensé que lo único que hacía falta en ese lugar era música de ascensor.
—¿Alguna vez participaste en una organización de este tipo?
—No —me dijo.
—Bueno, como para que tengas un panorama, nosotros arrancamos hace casi cinco años y en la actualidad somos casi treinta personas. Hay de todos los palos, de todas las edades, cada uno aporta el tiempo y los conocimientos que tiene. ¿Vos qué hacés?
—¿Cómo qué hago?
—Que qué hacés, a qué te dedicás, o sea.
—Ah.
Y se calló como por quince segundos. Quince segundos no son mucha cosa, pero pónganse a contar y van a ver que, en una espera sin música funcional, son una eternidad.
—Cocino. Estudio. Tampoco me quiero casar.
—Ah. Okay. Bueno, la idea es ésta, hoy vamos a hacer una reunión cortita, tipo de introducción, como para que conozcas a la gente de acá y te cuenten sus experiencias, qué se logró en estos cinco años y, de paso, nos cuentes un poco sobre vos, desde dónde podés ayudar... ¿Cómo pensás que podés colaborar con nosotros?
—No podemos seguir esperando tan tibiamente a que las cosas cambien. La revolución es urgente, hay que derribar instituciones, derrocar gobiernos e instaurar ideas modernas, ideas que cambien la forma en que la gente ve las cosas. Me cansé de que me quieran dar mal el vuelto en todos lados. Me cansé de las colas en los bancos. Me cansé de la mugre institucionalizada, y de la corrupción reglamentaria, y de la prohibición compulsiva. Basta. Hay que salir a la calle, armados si es necesario.
Y ahí me sonó la alarma en la cabeza. No sabía si reírme o no, así que me reí por las dudas, porque no sabía si era un chiste y, si lo era, no lo parecía porque él no se rió. Me reí un poquito más, suspiré, respiré profundo y hablé, calmado.
—Bueno, nosotros no encaramos las cosas de esa manera. Pienso-- pensamos que los cambios tienen que ser lentos, programados, a conciencia. Queremos que la gente se sume voluntariamente, que piensen que vale la pena. No nos gusta la violencia, no aprobamos métodos... extremos, digamos.
 —Lentos, son todos lentos —replicó, pero no a mí sino a sí mismo, al salón, al silencio—. ¿Dónde está el baño?
—Allá, justo atrás de la escalera; doblás a la derecha y abrís la puertita amarilla que no tiene manija.
Se paró y se alejó, desapareciendo detrás de la escalera. Y no lo vi nunca más.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Según Juan

No, primero la desenchufó. Después, pero como si supiera exactamente cuándo, la volvió a enchufar. Así me lo contó Juan por lo menos. Dijo que no supo bien qué hacer. Que las situaciones más raras con las que se había cruzado hasta ese momento habían sido un tipo en calzoncillos, una parejita un poco despeinada, esa clase de cosas. Pero dijo que el tipo la desenchufó nomás. 
Dice que había llegado como cinco minutos antes para ver el temita de las bajadas de tensión, había llamado varias veces a la mañana para que vayamos... y cuando Juan llegó, el tipo no lo miraba nunca, siempre de espalda. Y dice que le dijo: «No me puedo arriesgar... hice un cálculo, ni un segundo más ni un segundo menos». Así, frío se lo dijo. Y Juan contó que apenas le pudo contestar que él hacía lo suyo y se iba. Me confesó que no se animó a decir más nada, incluso casi que se queda callado... Porque le quería sugerir que pusiera otro tomacorriente, o una zapatilla, porque tenía para dos enchufes solamente, y en uno estaba siempre la heladera, parece que a ese enchufe no lo desconectaba. Pero la verdad que no se animó a decir nada, y yo lo entiendo. Ni siquiera le pudo ver la cara al tipo. 
Juan dice que mientras él controlaba la caja el tipo se puso a comer, así nomás, sobre la mesada de la cocina, masticando sin apuro. Juan no vio lo que tenía en el plato, pero cuando se fue todavía seguía comiendo. El tipo no se dio vuelta ni una vez, y a Juan otra cosa que le llamó la atención fue que hacía como este ruidito a línea de alto voltaje, como un unhhhhhh
Pero lo peor pasó después, según Juan. Dice que, mientras él probaba con el tester, el tipo dijo, así, bajito, «Se me enfrió otra vez». Y fue y la volvió a desenchufar. Conectó el microondas y lo puso en 15 segundos. Juan lo miró de reojo, porque no sabía qué hacer, y yo tampoco hubiera sabido en su lugar... Cuando sonó la alarma del microondas, el tipo, como si nada, volvió a conectarla, sacó el plato y se puso a comer de nuevo, igual que antes. Entonces a la vieja se le infló el pecho; estaba media dormida en la silla de ruedas, con el respirador puesto, ahí, entre el microondas y la heladera. 
Dice Juan que cuando se iba le dijo que no había problemas con la tensión de la red, que probablemente había sido algo eventual. El tipo no le contestó nada, ni siquiera se dio vuelta. Juan se fue lo más rápido que pudo, juntó las herramientas y ni saludó. 
Pero dice que mientras cerraba la puerta escuchó que el tipo decía: «Se me enfrió otra vez»...

lunes, 14 de marzo de 2011

Según Lisandro

Somos siete, diez cuando armamos partido o cuando, en el más novelero de los casos, alguna historieta para contar atrae a los siempre ausentes que vienen a reírse un rato. 
No hay programa ni compromiso. Peloteamos todas las tardes desde hace unos meses y nos conocemos desde que peloteamos; así. 
Y está bueno. Porque laburaste largo, circunstancias ajenas fueron cambiándote el ánimo a cada rato y durante todo el día; calles calientes, bocinas, edificios, única postal que asoma por la ventana de la oficina; adentro no mejora el panorama: teléfonos, papeles, el trabajo que otro no hizo y te toca «por sorteo» hacerlo a vos, lo que implica horita y media de yapa preso del traje y con cara de «no pasa nada», entonces puteás bajito, porque si al menos anduviera la cafetera... en fin. 
A la tardecita, cambiamos la corbata por unos cortos y nos juntamos a descargar haciendo nada con personas que transitaron idéntico caminito rutinario y que, por suerte, a ninguno se le ocurre comentarlo. 
Expectantes sólo de anotar un triple espectacular que se comente en la semana y sabiendo que si van a cuestionarte algo se limita a que trampeaste los tantos, terminamos el día tirando al aro en la cancha del parque. 
Pero todo se fue al carajo un par de semanas atrás, once días para ser exactos... lo sé porque estuve ahí esa nochecita y porque cuando salí de casa hoy, en la puerta de vidrio de mi edificio había un cartel, igual que los últimos diez días, y esta vez decía once. 
A este pibe lo veíamos casi todas las tardes después de que daba unas vueltas, como indeciso, timidón. Llegaba, se sentaba al costado del aro, aplaudía como nosotros las pocas jugadas de pizarrón que salían redondas, abucheaba también esas cosas ridículas que pasan cuando jugás distendido, sin competir pero queriendo ganar. Debe ser del barrio porque Marcos nos dijo que lo cruzó en el súper alguna vez y el flaco Daiuto comentó sin precisión que lo tiene junado. Sebastián, en cambio, dijo que el loco vive en el noveno... aunque no hay timbrazo, porteros o vecinas que nos lo confirmen. Especulamos cercanía, porque se está tomando el trabajo impecable de las notitas numeradas todas las mañanas en la casa de cada uno. 
La cosa fue así: llovió todo el día pero paró justo para que pudiéramos cumplir con el ritual. La mitad de la cancha, un charco; amontonados abajo del mismo aro armamos unos pares. El pibe éste cayó al rato, faltaba uno para armar pareja, fácil: 
—¿Querés jugar? —propuso Juanjo que andaba medio rengo por un tirón— dale, te probamos por si la percha sigue doliéndome unos días más, así estos giles no se quedan a pata. 
—Seguro —respondió tranquilo; y frotándose las manos y al trote entró a la cancha sin problemas. 
Tira bien, corre lento pero llega y tapa como si en eso le quedara la vida; así que en recompensa de haber sido público tanto tiempo y porque a alguien nuevo se lo alienta, nos la pasamos de palmadas en la espalda, chocando los cinco y armando jugaditas en las que él fuera el protagonista. Error. 
Porque algo pasó. El flaco no volvió a soltar la pelota y no daba para andar empujándolo. Picaba, picaba, corría, picaba y se pasaba al otro aro sin advertir que a la pelota la frenaba la cantidad de agua que aun seguía en la desnivelada parte sur de la cancha. Después, sin dejar de moverse y contra cualquier reglamento, abrazó el balón y se tiró de jeta al piso mojándose entero. 
Se hizo torta. 
Le debe haber dolido un huevo porque hasta el Manu que es un osco cerró los ojos y le rechinaron los dientes. De repente se oyó: 
—A ver si se bancan ésta. 
Sacó un cortaplumas y sin disimulo tajeó tres veces la pelota. 
Mientras salía corriendo nos miró de reojo y desplegó un cartel de letras chorreadas que decía «quince días». 
El clima quedó raro. Ahora jugamos atentos a que aparezca por atrás de la estación y armamos hipótesis de qué pasará cuando en las puertas cuelgue el número quince. 
¿Pelota nueva? 
Veremos.

sábado, 12 de marzo de 2011

Según Roger

—Vos lo que tenés es dadismo 
—¿Cómo que dadismo? 
—Y sí, ¿qué es eso de las diez y veinticuatro?, estás como el pibe ése que viene los jueves, el Dado. 
—¿Dado? ¿Qué es eso? 
—Él se llama así, boludo, lo viste ayer, el del queso cremoso. 
—Uh, ayer a la tarde, cierto, ¿qué quería? 
—Setecientos veinticinco gramos de queso cremoso quería; no tres cuartos, no, «eso es mucho», setecientos veinticinco, y mirá que corté justo siete cincuenta, en la puta vida iba a acertarle tan bien a los tres cuartos; pero no, era mucho. 
—¿Y siempre pide lo mismo? 
—Siempre queso cremoso, pero me boludea con el peso, seis setenta una semana, siete veinticinco otra, cinco cuarenta, y viste que cortarlo es un enchastre, se te pega todo en el cuchillo... No sé de qué carajo la va, no sé si es que calcula según la plata que tiene en el momento o me pide los números de la quiniela del día anterior, qué sé yo. 
—¿Pero por qué «Dado», por los números le pusiste? ¿Onda que tira un dado antes de venir y te arma el pedido de queso cremoso? 
—No, boludo, qué estás diciendo, él se llama así, me dijo el amigo, bah, qué sé yo, uno que habla todos los días con él en la esquina, a las doce menos cuarto. 
—¿Cómo, a las doce menos cuarto justas, todos los días? 
—Sí, no sé, el otro espera el colectivo justo y ahí aparece Dado, con una bolsita de plástico con arena, charlan hasta que llega el bondi, después este otro pibe, el que me dijo que el otro se llama Dado, se toma el colectivo, y Dado se queda, mira la hora, espera un poco, y a las y cinco se va; y mirá que no mira la hora antes de irse de nuevo, pero el guacho es exacto. Yo varias veces, cuando no tenía clientes acá, me fijé bien cuando el tipo se las toma, y era la misma hora exacta, yo no sé si cuenta los segundos o mira algún reloj. Te juro que fui a la esquina a ver si desde ahí se veía algún reloj, de una farmacia o una iglesia que el tipo mire antes de irse, y nada che, es un misterio. 
—¿Y la bolsita de arena? ¿Por qué la trae siempre? 
—¡Y qué se yo!, le pregunté al otro pero me dijo que no sabía, dice que debe tener un gato y le cambiará la arena del arenero, pero que nunca hablaron de eso. Ese otro también es medio rarito, qué sé yo, dice que hablan de las estrellas, de las estrellas que vio cada uno la noche anterior en el cielo. 
—¿Las estrellas? ¿Pero qué son, astrólogos? 
—¿Y qué sé yo?, qué querés que te diga, cada loquito con su librito, y ahora vos, que querés que mañana para el partido nos juntemos a las diez y veinticuatro... dejate de joder, ¿no podemos arreglar a las y media, como toda la vida?, ¡estamos todos locos! 
—Bueno che, no sabía que tenías esos mambos, lo que pasa es que siempre me fijo cuando llegamos a la cancha, y por h o por b, constaté que llegamos siempre 6 minutos tarde, me pareció tan loco eso que pensé que por ahí si nos encontrábamos 6 minutos antes íbamos a llegar justo, qué se yo; pero dejá nomás, no importa. 
—Pero dejáte de joder, qué andás constatando, es un partido de sábado de solteros contra casados, para qué querés llegar puntual si después hay que esperar al Chino y al Gordo que llegan siempre tarde... 
—Bueno, dale, me voy, diez y media entonces, Furia, mandale saludos a Dado. 
—Andá salame, andá comprar siete sesenta y cuatro de queso cremoso, ¡tomatelá!

jueves, 10 de marzo de 2011

Según Oscar

El tipo es piola, qué sé yo. Siempre te saluda, siempre te sonríe, me presta el teléfono cuando tengo que llamar a mi nieta que está en Bariloche, no habla mucho pero bueno, tampoco yo hablo mucho. Un día me entero por el portero de que se va de vacaciones a Europa, a Francia o a París o no sé, no me acuerdo, y después me dice que para el fin de semana está anunciado lluvia. Y yo me acuerdo que pensé que cómo se habría arreglado para irse de vacaciones, porque me acuerdo escucharlo discutir a los gritos, y de una silla de ruedas con una señora, y que Mabel me comentó que era la madre y que hacía unos cuantos años que estaba postrada. Parece que se mudó a esta zona para tener todo más a mano: el supermercado, el sanatorio... No debe ser fácil tener que encargarse de-- bueno, nada, la cuestión es que me preguntaba qué habría hecho con la madre, así que un día salí de mi departamento y le golpeé la puerta-- el departamento de Dado está pegado al mío, por si no se entendió. Bueno, que le golpeé la puerta y no me atendió nadie, y que le volví a golpear y de nuevo no me atendió nadie, entonces quise pasarle todo el correo por debajo de la puerta. Había como seis cartas tiradas ahí afuera, apiladas, y a mí me gustaría que me hicieran la gauchada si yo no estuviera en mi casa, así que a duras penas me agaché y le empecé a pasar todas las cartas, una por una, hasta que llegué a la última y no sé si soy yo o realmente alguien tiró del otro lado, pero alguien tiró del otro lado y me arrancó la carta de la mano, y yo me paré de un salto y pegué la vuelta y me metí en mi departamento, y ahora me compré un celular para hablar con la Titi que está en Bariloche.

martes, 8 de marzo de 2011

Según Clara

Como todos los martes, lo veo subirse al colectivo, saludar al chofer y dirigirse al último asiento doble de la fila, no importa que sobren los asientos individuales, siempre viene al lado mío... 

...por eso sigo tomándome este colectivo, no importa que me hayan pasado al turno tarde en el hospital, no importa que ponga el despertador a mitad de la noche sólo para subirme a un colectivo que no me lleva a ninguna parte. Siempre se sienta a mi lado, no importa que yo venga con olor muerte y fármacos, con la mirada pesada y las manos enredadas en mis dedos. No le importa que yo tenga 57 años, los muslos gordos, los labios rendidos y los ojos arrugados. 

No importa nada. Él igual se me sienta al lado, y sin mediar palabra apoya la cabeza en mi pecho y se queda ahí dormido. Lo que dure su viaje, que aunque siempre termina en el mismo lugar, a mí cada día se me hace más corto.

viernes, 4 de marzo de 2011

Según Verushka

Calcé medias con rombo, tapadito verde corderoy y una hebilla de mariposas que encontré en el último cajón de la cómoda de mi abuela el día que limpiamos su casa luego del accidente.
Me miré primero en el espejo y después en todas las vidrieras mientras caminaba al bar. Me gusto en movimiento: la tela del vestidito, el pelo y el viento, los brazos en vaivén, no sé... las rayas del vuelo. El problema surge cuando congelo la imagen. Soy la de la foto del marco rococó que a la cabecera de una cama con huellas de un solo lado se casa para siempre con mi abuelo pero a colores. 
Crucé la esquina al compás de una sinfonía de bocinazos confirmando que otra vez olvidé el funcionamiento del sistema tricolor del semáforo. Como suelo esquivé los baches negros del paso cebra y llegué a los saltitos al puesto de flores que está justo en la puerta del café. Cumplí con el ritual familiar al comprar jazmines y los afirmé en mi ojal perfumándome uniforme la solapa, el paso y el aura. 
La mesa de mi ventana preferida, libre. Sentada feliz esperé unos minutos mi té de frutillas y doce tés de frutillas a quien ya no quiero más. 
Entonces, como por un prisma de ojos con lágrimas lo vi en pedacitos y repetido en triángulos mirarme fijamente. 
Bajé la vista porque corresponde, porque así me lo enseñó mi abuela por imposición. Pero cuando las miradas se sienten clavadas, pesan y volvés a mirar instintivamente, así que claro, volví a mirar y esta vez el pibe sonriendo me mostraba un mapa de Italia que movía de un lado a otro de la mesa como si fuera animado y caminara del Mediterráneo al Adriático. Sonreí más que por gracia porque no sabía qué hacer. Ya había fingido no entender si era para mí o no cuando usó la cucharita de catapulta y me tiró tres sobrecitos de edulcorante; no creí que esta vez volviera a resultar. 
Me miré las manos, olí los ya derretidos pétalos blancos de mi lateral descorazonado y curiosa disimulé otro mesa a mesa. Ahora hecha bollo y al piso la península, gesticulaba sus manos desnudas simulando títeres y les improvisó un diálogo de idioma inventado que, obvio, no decía nada. 
Rápido, sin esperar mi parpadeo de desconcierto, se paró esbelto al lado de su silla y con sus parlantes manos a la cintura zapateó cinco octavos de tap con chapa y todo. 
La respiración cortada... de los dos. 
Apuró su chocolatada de un trago luciendo un grueso bigote marrón polvo y de sorpresa, como quien cae a un pozo, se escondió bajo la mesa «jugando» a que no estaba más. 
Después de unos segundos bajé para ver qué hacía; se acercaba en cuclillas acortando el espacio de las dos mesas que nos separaban y llegó antes de que yo tratara de irme para atrás. 
Puso sobre mi libro una peineta y un cintillo con piedrita rosa de iniciales grabadas y se fue. Cuando me di cuenta que eran de mi abuela el tipo ya fuera del bar no estaba a la vista; culpa de tantas flores en venta.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Según Martín

Pero escuchame un cosa, ¿sos boludo vos? Te dije una y mil veces que Dado no haría nunca una cosa así. Pensá que el tipo se hizo conocido en la movida porque era amigo del Colo. ¿Cómo se te ocurre semejante pelotudez? No es de este ambiente, entendela de una vez. El tipo viene de otro palo. Mirá si se va a estar metiendo en una cosa como ésta. Él es diferente, imaginate que no sabemos ni el nombre ¿o vos pensaste que se llamaba Dado? Tenés que estar más despierto, piscuí, sino te van a comer los piojos. A ver, contame otra vez cómo fue todo. 
¿Ves? No puede haber sido Dado. La que te hicieron es de novato. Andá a buscarlo al Turco y decile que te dé una mano. ¿No habrán sido los correntinos, no? No, pibe. No te lo digo más. Dado tiene otro estilo, nunca va a dejar tanto cabo suelto. Ésta la hizo algún perejil. Ya la vas a entender. 
Bueno, bueno, no te pongás así que se termina todo acá. No te encabrones, y menos conmigo. Estas cosas pasan, tenés que estar más despierto, pero no te preocupes, yo te voy a ayudar. Laburemos un par de meses juntos y vas a ver que te voy a sacar bueno. Pasa que ésta es gente que está hace años en el oficio, ¿entendés? Esto no se aprende de la noche a la mañana. No te pongas así, en serio te lo digo. Vos cuando te metiste en ésta sabías cómo era la cosa, ahora no me arrugues ¿sos macho o no sos macho? Ése es mi pollo. Ahora cambiá la actitud, que con esa cara no le vendés nada a nadie. Posta, son cosas que pasan. Yo también estuve mal en tratarte como te traté, sos nuevo y todavía no le cazás la onda. Pasa que me pongo loco, viste cómo es, pero no te lo tomés así tampoco; todos estuvimos en tu lugar. Qué se le va a hacer pibe, hay que arremangarse. Y de Dado olvidate. Hacé de cuenta que el tipo es de otro mundo. Algún día te voy a contar la historia de la noche que lo conocí, todavía me acuerdo como si fuera ayer. Viste que te mira como si te conociera y eso te desconcierta. Yo venía confiado y de repente estaba en pampa y la vía. Puf, si te contara lo que fue esa noche, no me la olvido más. Nosotros éramos cuatro, el bar lleno de gente y el tipo sentado solo en una mesita. Después supe que le decían Dado. ¿Podés creer que no pudimos? Y eso que éramos cuatro. Siempre nos quedó la duda de cómo hizo. Tan tranquilo que se lo veía, se hacía el que tomaba notas en un cuaderno. El flaco que venía conmigo dijo que no había sido él, que Dado en realidad no tuvo nada que ver. Qué no va a tener que ver si miraba todo sentadito ahí, sin que se le mueva una pestaña. El tipo haciéndose el desentendido, y vos te dabas cuenta que la estaba tramando desde adentro, como hacen los que saben de esto. Ni una señal, nada. Eso es tenerla clara, eso es manejar una situación, no como lo que te pasó a vos. Lo tuyo es de principiante, estás verde todavía, pero ya vas a aprender. Ahora no te quiero enquilombar más, andá, date un ducha y descansá, que mañana seguimos...

lunes, 28 de febrero de 2011

Según Eugenio

Aunque no hubo uno designado, alguien grita un aplauso para el asador y todos aplaudimos y comemos, aliviados de haber cumplido con la primera parte del protocolo dominical. La sinfonía de cuchillos y tenedores contra el plástico —unos veinte pares, más o menos— se interrumpe cuando Maxi pregunta quién se prende a un truco después del almuerzo, y algunos responden y el amigo de Nerina, el Dado ése, rompe su propio silencio y se ríe solo por un rato, no mucho pero lo suficiente para que los otros dieciocho desconocidos lo miren con cara de de dónde salió éste, o con cara de espero que se vaya antes del picado. Y siguen comiendo mientras Maxi, al rato de rebuscar en su bolso, descubre que no tiene los naipes y pregunta dónde están los naipes sin recibir respuesta. Y cuando parece que nadie puede responder, y cuando la comunicación de una veintena de bocas masticando se vuelve obesa y anudada, yo muerdo un pedazo de papel y pregunto, mientras rebusco en mi boca intentando separarlo con los dedos de la carne masticada, quién prendió el fuego, y Lorena lo señala al Dado ése, y yo decido no mostrar el papelito engrasado, chamuscado, masticado, que acabo de sacar de mi boca, y en el que a duras penas se adivina una sota de espada.

domingo, 27 de febrero de 2011

Según Araceli

Me gusta cómo mirás tus uñas cuando esperás el colectivo. 
Me gusta cómo esperás a que el celular te suene tres veces antes de atenderlo. 
Me gusta cómo sonás tus dedos cuando hace frío, como queriendo devolverlos a la vida. 
Me gusta cómo devolvés los panfletos que te reparten en la calle, porque sabés que vas a terminar tirándolos. 
Me gusta cómo repartís esas sonrisas a los perros que se te acercan queriendo montar tu pierna. 
Me gusta cómo te acercás a la ventana de tu departamento para ver los murciélagos todas las noches. 
Me encanta cómo te ves al espejo todas las noches antes de entrar a la ducha. 
Me encanta cómo entrás en confianza con el toallón, acariciándolo, justo antes de envolverte en él. 
Me encanta cómo envolvés los cubiertos en la servilleta antes de sentarte a cenar todas las noches, aunque estés sola, siempre sola, y te resistas a encender el televisor para ocupar el silencio que te acompaña, todas las noches, siempre sola. 
Me gustás. 

Eso me escribió el del octavo hace casi dos semanas. Anteayer me mudé.

sábado, 26 de febrero de 2011

Según María López

—Casi lo paro. No sabía cómo anotarlo, sino lo paraba: el masculino se me acerca de frente ¿no? Directo a mí: ojos entrecerrados, entre intoxicado con mariguana y cliente de la zona roja, parece que va a proceder a abrir la boca, la abre un poquito, respira suave, frena un segundo, no me deja de mirar, me esquiva, pasa de largo, despacio... Casi lo paro... Todos los días igual, a la misma hora, la misma esquina. No hay ningún ilícito, nada. Por cualquier cosa lo pararía, pero no hace nada. 
—Pero, ¿lo conoce Cabo López? 
—Es un NN... Qué lo voy a conocer... Pero conoce mi ronda, sabe que aproximadamente a las dieciséis horas, dieciséis-cero-cinco, me toca esa esquina y me paro unos minutos... y no me espera ahí, se me aparece de la nada y de repente lo tengo a cinco metros, caminando con esa cara de... ¿se acuerda del Sargento Carvallo? ¿cuando le abrieron el expediente por estrés postraumático? Esa cara. 
—¿Y por qué no le pregunta algo? 
—¿«Tiene novia»? ¿Qué quiere que le pregunte? 
—Está en actitud sospechosa; interrogue, pregunte cuáles son sus intenciones. Seguro que en algo anda. 
—Además hace otra cosa, cuando pasa de largo... 
—¿Qué hace? 
—Siempre me doy vuelta cuando pasa, para mirar qué hace, y siempre hace lo mismo... 
—Pare con la intriga Cabo. 
—Me mira... 
—¿La mira? ¿Qué mira? 
—Me mira... 
—¿La mira? 
—A lo mejor me queda un poco ajustado el uniforme... pero no sé bien, porque no mira fijo y la mirada se le pierde, como que se le va para adentro de los ojos... a veces parece que mira la reglamentaria, o las esposas... es dudoso. 
—Detengalo. 
—Pero, ¿por qué? 
—Detengalo. Hágame caso.

viernes, 25 de febrero de 2011

Según Carlos

Como todos los martes a las 4:24 de la madrugada estacioné el colectivo en la parada de la Plaza Tahúr, en el extremo de la famosa fuente hexagonal. Ahí estaba el pibe, como todos los martes, con su sobretodo naranja y su boina vasca en la cabeza. Subió como siempre y, en vez de pagar el viaje, me regaló esa pregunta y me mantuvo despierto todo el recorrido a la espera de una respuesta, con esos ojos abúlicos e inocentes, con ese tono de voz inexpresivo y cantarín, con esa mano fría que siempre se posa en mi hombro derecho. 

Buenas noches señor colectivero, ¿por casualidad sabrá usted cuántos reflejos pueden guardarse en un solo espejo? 

Como piña, el pibe. De nuevo me va a dejar pensando una semana.

jueves, 24 de febrero de 2011

Según Felipe y el Pato

—Mirá, si me preguntás a mí, algo le pasa al pibe ese. No te voy a decir que es de esos oligofrénicos, que se babean y andan hablando solos por la calle. Pero vos lo ves, le hablás dos segundos y al toque pensás que algo le falla, que no tiene todos los patitos en fila, se le escapó un pitufo de la aldea. 
—¿Algún trauma de la infancia? 
—¡Yo qué sé! Capaz que se dio la cabeza contra una maceta cuando era chico o la vieja le surtió un chancletazo de más, andá a saber. 
—No creo, la madre no parecía mala. 
—¿La vieja no está medio muerta? 
—Y, debe tener como 90 años, ya se sabe un par de notas con el arpa. Anda media cagada de los pulmones y tiene un respirador artificial; cuando habla parece Darth Vader. 
—¿Te acordás cuando la Martinelli le preguntó dónde quedaba Bruselas y el muy nabo le dijo que no sabía pero que seguro ahí vivía gente muy alta? ¿Cómo se puede ser tan pelotudo? 
—Bueno, pará, como te digo, capaz que tenía algún problemita. Igual, mal pibe no era. Por ahí lo hacía para llamar la atención que no recibía en la casa. Como la vez que encontramos un sapo en el baldío al lado de la escuela, ¿te acordás? Yo tenía un cigarrillo que le había sacado a mi viejo, un 43/70 me acuerdo, esos cigarrillos negros que tiraban un humo espeso, con un olor que te golpeaba. Mi viejo lo fumaba y se sentía la baranda en toda la casa; lo bueno es que no había mosquitos. Cuestión que queríamos hacer que el sapo lo fumara. Media hora estuvimos cazando el sapo ese. Cuando lo pude agarrar, Dado se rebeló, me lo sacó de las manos y se lo llevó, porque según él, «a los sapos no les gusta fumar». 
—Un pelotudo, ¿no te digo? 
—Capaz que tenía razón. 
—¿Sobre qué? 
—Capaz que a los sapos no les gusta fumar. 
—Ah bueno, ahora defendemos al chico sensible, al incomprendido. Acordate de esa vez en la clase de Física, para que veas de qué clase de energúmeno estamos hablando. 
—¿De nuevo con la historia de los zapatos? 
—Sí señor, de vuelta con la historia de los zapatos, porque realmente no me entra en la cabeza ese comportamiento y si vos sos tan amable, podrías tener la deferencia de explicármelo. Estábamos un día en la clase de Física y Dado se sienta detrás mío. Yo estaba escribiendo y se me cae la lapicera al piso. Mientras tiraba manotazos porque la muy puta se me iba rodando para atrás, veo algo que me deja helado. ¡El subnormal éste estaba en patas! Pero lo mejor de todo es que no es que no tenía calzado. Los zapatos no tenían suela. Imaginate, un zapato, lustrado, acordonadito, pero sin suela. Así como te digo. No lo podía creer yo. Resigno la lapicera, me levanto y le pregunto «¿Che, Dado, qué les pasó a tus zapatos?» ¿Sabés lo que me contesta? ¿Sabés con lo que me sale? «Con las suelas no puedo sentir el piso» me dice, lo más tranquilo. Increíble. No supe qué responderle. Yo no sé cómo anda suelto ese pibe, debería estar internado, no es seguro que ese tipo de personajes ande suelto por la calle. Digo yo, el gobierno debería ocuparse de esas cosas.
—Hablando de eso, ¿a quién vas a votar?

miércoles, 23 de febrero de 2011

Según Ignacio

Otra noche lluviosa en Rosario. Me cruje la rodilla derecha por la humedad, pero aguanto. Aguanto, a pie, las cuadras de distancia que todavía me separan de mi departamento. Los conductores, enfurecidos, circulan como si fuese el más soleado de los días. A su paso, el agua amontonada en los cordones decora el entramado de baldosas por donde caminamos los peatones. 
Uno de los tiranos comienza a hacerme señas de luces. Me detengo y se detiene junto a mí, la posición justa para que sus compañeros automovilistas lo deleiten con sus verbalidades. Me invita a subir a su auto. Lo reconozco de algún lado. No sé su nombre, porque es de esos amigos de amigos que conocemos en eventos ocasionales, y que rara vez volvemos a ver. No tardo mucho en aceptar la oferta del extraño, frente al desolador panorama que me brinda la calle. 
Es difícil no saber el nombre de alguien con quien uno debe, inevitablemente, entablar una conversación. Lleva a una persona a recurrir a los más diversos trucos a la hora de referirse a su interlocutor. El genérico «che», el conveniente «eu», empezar las preguntas con «vos», son algunas de las muchas opciones disponibles. Todo vale, mientras no le revelemos a nuestro oyente que no sabemos su nombre, porque eso significaría que no lo recordamos y derivaría en, quizás, un momento incómodo. Tendemos a evitar este tipo de situaciones, y para quedar bien con los extraños, por alguna extraña razón, nos comportamos mejor, somos más respetuosos, queremos que el otro nos quiera. 
Parecía uno de esos tipos. Un tipo bienintencionado que reconoció a alguien en la calle y quiso hacerle un favor, llevándolo un par de cuadras. Tan sólo eso. Supuse que iba a intentar dejar en mí la mejor impresión. Quizás, incluso, podría tener el anhelo de que la próxima vez recordara su nombre. 
Las cinco cuadras resultaron ser reveladoras, tanto para él como para mí. Sufrí una transformación brutal. Pude sentir en mi interior el vertiginoso ritmo del poder. Ya nada importaba ahí dentro, los peatones eran seres irrelevantes que agonizaban en el asfalto, deteniendo nuestra marcha, retrasando nuestra llegada. Parecían minúsculos e irrelevantes, ¿cómo no iba a disfrutar con su sufrimiento? ¿cómo no sentir esa conexión con mi conductor? 
Al doblar la última esquina, con el semáforo en naranja, pude notar que su mirada se clavaba con furia en un ciclista. Se aprestó a encerrarlo entre un auto estacionado a centímetros de la esquina, como apercibimiento por haber pasado cerca de su espejo retrovisor. Me sentí reflejado en sus acciones. El anhelo de transformarse en opresor es la enfermedad incurable que sufrimos los oprimidos. Supe ahí que él también, en algún momento, había sido peatón. 

Me deja en la puerta del edificio, tras haber dejado su naturaleza al desnudo, y le agradezco al extraño la amabilidad de llevarme, ante toda la vorágine.

martes, 22 de febrero de 2011

Según Lucio

Nos tomamos el ascensor juntos. Me dijo que le gustaba sacarlo a pasear, al perro, pero no vi ningún perro, así que primero supuse que no le había entendido bien. No me pasa tan seguido, pero desde que me lo cruzo casi todos los días la impresión de que lo entiendo mal se ha vuelto más o menos habitual, así que no dije nada, simplemente asentí y creo que gruñí un sí. Hoy marcó el piso 12. Siempre pensé que vivía en el 8, pero es posible que esté confundido. Yo marqué el 15, como siempre. En mi cabeza sonaba musiquita funcional de ascensores, porque me incomoda un poco tenerlo tan cerca, en especial cuando no deja de mirarme el pelo; medio petiso como es al lado mío, se nota porque tiene que levantar la cabeza. Así que el ascensor para en el 12, y Dado abre la puerta y entra el perrito, contento, una especie de caniche pero más raro, como en los sueños, como si uno supiera que eso que ve, aunque no se ve como un caniche, es un caniche. Bueno, se sube el perro y Dado cierra la puerta y, antes de que el ascensor llegue a mi piso, ahí sí marca el 8, y yo me bajo diciéndome: tenía razón, vive en el 8, creo.

domingo, 20 de febrero de 2011

Según Gloria

No hacía mucho tiempo que trabajaba en el bar. Llevaría unos cuatro o cinco meses atendiendo las mesas, más por aburrimiento que por necesidad. Tengo que decir que el lugar es bastante tradicional, con clientes que ya tienen elegida su mesa, que siempre entran a la misma hora y hacen el mismo pedido. En ese bar trabajaba yo, en la zona más cercana a la puerta, en la zona en donde los clientes habituales no se sientan nunca porque además de elegir siempre el mismo menú y la misma mesa, eligen al mismo camarero. Hay ciertas personas que no se llevan bien con los cambios. 
Ser la empleada nueva tenía una sola ventaja: pasado el mediodía, cuando los oficinistas vuelven a sus trabajos y el local queda semivacío a la espera de los clientes habituales, una puede ponerse a mirar a los que todavía están sentados, tomando un café o una gaseosa, limpiándose las migas de pan de la ropa o hablando por teléfono mientras juegan con el salero. Ésa era mi ventaja. Cuando mi zona se despejaba de clientes, todo lo que me quedaba por hacer era observar al resto del salón y sus ocupantes, a mis compañeros, al adicionista. 
A las 14:04 siempre entraba un hombre ni muy alto, ni muy bajo; ni muy joven, ni muy viejo. Un hombre que no habría llamado mi atención si no se hubiera sentado siempre en la mesa enfrentada a la tercera columna del salón, de frente a ella, mirándola. Pedía, cada vez, un cortado y una medialuna, que nunca consumía, y un vaso de vino tinto. 
Como todo, la observación fue más minuciosa a medida que transcurría el tiempo en que lo miraba. Al principio, sólo lo veía tomar el vaso de vino, luego el café, luego desmenuzar la medialuna, pagar e irse. 
Pero conforme el paso de los días, comencé a notar que se manejaba únicamente con su mano izquierda. Pasé una semana tratando de adivinar qué hacía con la otra mano hasta que descubrí que un tintinear que escuchaba mientras limpiaba la mesa, correspondía al movimiento de esa mano oculta. Y ese tintineo correspondía a algo metálico, quizás fuesen monedas, quién sabe, que el hombre sacudía dentro de su puño. 
El ojo se acostumbra rápidamente a lo que ve. Fue mientras secaba unas cucharas, también después del almuerzo, que noté qué me llamaba la atención realmente de ese hombre: después de tomar el vaso de vino, después de tomar el café, que por algún motivo que desconozco siempre se le derramaba sobre el plato, con parsimoniosa tranquilidad, con la única mano que utilizaba, levantaba el plato del pocillo, lo llevaba a la boca y bebía de él, como hacen algunos niños cuando toman la sopa. No sorbía, eso no. Pero luego de tragar el pequeño lago que se movía en el plato, pasaba la lengua por la loza, dejando el plato limpio. 
Me acerqué a la mesa después de que el hombre, dejando un billete abandonado bajo el contenedor de sobres de azúcar, salió por la puerta. La medialuna estaba desmenuzada de tal manera que imitaba a la perfección la circunferencia del plato. 
Como dije: el ojo se acostumbra rápidamente a lo que ve. Con los días, llegué a cronometrar cuánto tardaba el hombre en completar todo el circuito. Vino, café, medialuna. Y el tintinear de la mano derecha, caída, como muerta, al costado del cuerpo. 
Y como con todos los descubrimientos, una vez realizado, deja de tener interés, unos días más tarde me dediqué a observar a una señora mayor vestida de color salmón pastel. 

Unos meses más tarde renuncié al bar, porque a pesar de haber satisfecho mi curiosidad con el hombre de la medialuna desmenuzada, el tintineo permanente de su mano derecha no me permitía observar con tranquilidad y se albergaba en mi cabeza, al punto de seguir escuchándolo aún cuando hubiesen pasado muchas horas desde mi observación, aún cuando estuviera acostada y en posición de dormir.
 
 
Copyright © Proyecto Dado
Blogger Theme by BloggerThemes Design by Diovo.com