Somos siete, diez cuando armamos partido o cuando, en el más novelero de los casos, alguna historieta para contar atrae a los siempre ausentes que vienen a reírse un rato.
No hay programa ni compromiso. Peloteamos todas las tardes desde hace unos meses y nos conocemos desde que peloteamos; así.
Y está bueno. Porque laburaste largo, circunstancias ajenas fueron cambiándote el ánimo a cada rato y durante todo el día; calles calientes, bocinas, edificios, única postal que asoma por la ventana de la oficina; adentro no mejora el panorama: teléfonos, papeles, el trabajo que otro no hizo y te toca «por sorteo» hacerlo a vos, lo que implica horita y media de yapa preso del traje y con cara de «no pasa nada», entonces puteás bajito, porque si al menos anduviera la cafetera... en fin.
A la tardecita, cambiamos la corbata por unos cortos y nos juntamos a descargar haciendo nada con personas que transitaron idéntico caminito rutinario y que, por suerte, a ninguno se le ocurre comentarlo.
Expectantes sólo de anotar un triple espectacular que se comente en la semana y sabiendo que si van a cuestionarte algo se limita a que trampeaste los tantos, terminamos el día tirando al aro en la cancha del parque.
Pero todo se fue al carajo un par de semanas atrás, once días para ser exactos... lo sé porque estuve ahí esa nochecita y porque cuando salí de casa hoy, en la puerta de vidrio de mi edificio había un cartel, igual que los últimos diez días, y esta vez decía once.
A este pibe lo veíamos casi todas las tardes después de que daba unas vueltas, como indeciso, timidón. Llegaba, se sentaba al costado del aro, aplaudía como nosotros las pocas jugadas de pizarrón que salían redondas, abucheaba también esas cosas ridículas que pasan cuando jugás distendido, sin competir pero queriendo ganar. Debe ser del barrio porque Marcos nos dijo que lo cruzó en el súper alguna vez y el flaco Daiuto comentó sin precisión que lo tiene junado. Sebastián, en cambio, dijo que el loco vive en el noveno... aunque no hay timbrazo, porteros o vecinas que nos lo confirmen. Especulamos cercanía, porque se está tomando el trabajo impecable de las notitas numeradas todas las mañanas en la casa de cada uno.
La cosa fue así: llovió todo el día pero paró justo para que pudiéramos cumplir con el ritual. La mitad de la cancha, un charco; amontonados abajo del mismo aro armamos unos pares. El pibe éste cayó al rato, faltaba uno para armar pareja, fácil:
—¿Querés jugar? —propuso Juanjo que andaba medio rengo por un tirón— dale, te probamos por si la percha sigue doliéndome unos días más, así estos giles no se quedan a pata.
—Seguro —respondió tranquilo; y frotándose las manos y al trote entró a la cancha sin problemas.
Tira bien, corre lento pero llega y tapa como si en eso le quedara la vida; así que en recompensa de haber sido público tanto tiempo y porque a alguien nuevo se lo alienta, nos la pasamos de palmadas en la espalda, chocando los cinco y armando jugaditas en las que él fuera el protagonista. Error.
Porque algo pasó. El flaco no volvió a soltar la pelota y no daba para andar empujándolo. Picaba, picaba, corría, picaba y se pasaba al otro aro sin advertir que a la pelota la frenaba la cantidad de agua que aun seguía en la desnivelada parte sur de la cancha. Después, sin dejar de moverse y contra cualquier reglamento, abrazó el balón y se tiró de jeta al piso mojándose entero.
Se hizo torta.
Le debe haber dolido un huevo porque hasta el Manu que es un osco cerró los ojos y le rechinaron los dientes. De repente se oyó:
—A ver si se bancan ésta.
Sacó un cortaplumas y sin disimulo tajeó tres veces la pelota.
Mientras salía corriendo nos miró de reojo y desplegó un cartel de letras chorreadas que decía «quince días».
El clima quedó raro. Ahora jugamos atentos a que aparezca por atrás de la estación y armamos hipótesis de qué pasará cuando en las puertas cuelgue el número quince.
¿Pelota nueva?
Veremos.


0 comentarios:
Publicar un comentario