jueves, 24 de febrero de 2011

Según Felipe y el Pato

—Mirá, si me preguntás a mí, algo le pasa al pibe ese. No te voy a decir que es de esos oligofrénicos, que se babean y andan hablando solos por la calle. Pero vos lo ves, le hablás dos segundos y al toque pensás que algo le falla, que no tiene todos los patitos en fila, se le escapó un pitufo de la aldea. 
—¿Algún trauma de la infancia? 
—¡Yo qué sé! Capaz que se dio la cabeza contra una maceta cuando era chico o la vieja le surtió un chancletazo de más, andá a saber. 
—No creo, la madre no parecía mala. 
—¿La vieja no está medio muerta? 
—Y, debe tener como 90 años, ya se sabe un par de notas con el arpa. Anda media cagada de los pulmones y tiene un respirador artificial; cuando habla parece Darth Vader. 
—¿Te acordás cuando la Martinelli le preguntó dónde quedaba Bruselas y el muy nabo le dijo que no sabía pero que seguro ahí vivía gente muy alta? ¿Cómo se puede ser tan pelotudo? 
—Bueno, pará, como te digo, capaz que tenía algún problemita. Igual, mal pibe no era. Por ahí lo hacía para llamar la atención que no recibía en la casa. Como la vez que encontramos un sapo en el baldío al lado de la escuela, ¿te acordás? Yo tenía un cigarrillo que le había sacado a mi viejo, un 43/70 me acuerdo, esos cigarrillos negros que tiraban un humo espeso, con un olor que te golpeaba. Mi viejo lo fumaba y se sentía la baranda en toda la casa; lo bueno es que no había mosquitos. Cuestión que queríamos hacer que el sapo lo fumara. Media hora estuvimos cazando el sapo ese. Cuando lo pude agarrar, Dado se rebeló, me lo sacó de las manos y se lo llevó, porque según él, «a los sapos no les gusta fumar». 
—Un pelotudo, ¿no te digo? 
—Capaz que tenía razón. 
—¿Sobre qué? 
—Capaz que a los sapos no les gusta fumar. 
—Ah bueno, ahora defendemos al chico sensible, al incomprendido. Acordate de esa vez en la clase de Física, para que veas de qué clase de energúmeno estamos hablando. 
—¿De nuevo con la historia de los zapatos? 
—Sí señor, de vuelta con la historia de los zapatos, porque realmente no me entra en la cabeza ese comportamiento y si vos sos tan amable, podrías tener la deferencia de explicármelo. Estábamos un día en la clase de Física y Dado se sienta detrás mío. Yo estaba escribiendo y se me cae la lapicera al piso. Mientras tiraba manotazos porque la muy puta se me iba rodando para atrás, veo algo que me deja helado. ¡El subnormal éste estaba en patas! Pero lo mejor de todo es que no es que no tenía calzado. Los zapatos no tenían suela. Imaginate, un zapato, lustrado, acordonadito, pero sin suela. Así como te digo. No lo podía creer yo. Resigno la lapicera, me levanto y le pregunto «¿Che, Dado, qué les pasó a tus zapatos?» ¿Sabés lo que me contesta? ¿Sabés con lo que me sale? «Con las suelas no puedo sentir el piso» me dice, lo más tranquilo. Increíble. No supe qué responderle. Yo no sé cómo anda suelto ese pibe, debería estar internado, no es seguro que ese tipo de personajes ande suelto por la calle. Digo yo, el gobierno debería ocuparse de esas cosas.
—Hablando de eso, ¿a quién vas a votar?

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