—Vos lo que tenés es dadismo
—¿Cómo que dadismo?
—Y sí, ¿qué es eso de las diez y veinticuatro?, estás como el pibe ése que viene los jueves, el Dado.
—¿Dado? ¿Qué es eso?
—Él se llama así, boludo, lo viste ayer, el del queso cremoso.
—Uh, ayer a la tarde, cierto, ¿qué quería?
—Setecientos veinticinco gramos de queso cremoso quería; no tres cuartos, no, «eso es mucho», setecientos veinticinco, y mirá que corté justo siete cincuenta, en la puta vida iba a acertarle tan bien a los tres cuartos; pero no, era mucho.
—¿Y siempre pide lo mismo?
—Siempre queso cremoso, pero me boludea con el peso, seis setenta una semana, siete veinticinco otra, cinco cuarenta, y viste que cortarlo es un enchastre, se te pega todo en el cuchillo... No sé de qué carajo la va, no sé si es que calcula según la plata que tiene en el momento o me pide los números de la quiniela del día anterior, qué sé yo.
—¿Pero por qué «Dado», por los números le pusiste? ¿Onda que tira un dado antes de venir y te arma el pedido de queso cremoso?
—No, boludo, qué estás diciendo, él se llama así, me dijo el amigo, bah, qué sé yo, uno que habla todos los días con él en la esquina, a las doce menos cuarto.
—¿Cómo, a las doce menos cuarto justas, todos los días?
—Sí, no sé, el otro espera el colectivo justo y ahí aparece Dado, con una bolsita de plástico con arena, charlan hasta que llega el bondi, después este otro pibe, el que me dijo que el otro se llama Dado, se toma el colectivo, y Dado se queda, mira la hora, espera un poco, y a las y cinco se va; y mirá que no mira la hora antes de irse de nuevo, pero el guacho es exacto. Yo varias veces, cuando no tenía clientes acá, me fijé bien cuando el tipo se las toma, y era la misma hora exacta, yo no sé si cuenta los segundos o mira algún reloj. Te juro que fui a la esquina a ver si desde ahí se veía algún reloj, de una farmacia o una iglesia que el tipo mire antes de irse, y nada che, es un misterio.
—¿Y la bolsita de arena? ¿Por qué la trae siempre?
—¡Y qué se yo!, le pregunté al otro pero me dijo que no sabía, dice que debe tener un gato y le cambiará la arena del arenero, pero que nunca hablaron de eso. Ese otro también es medio rarito, qué sé yo, dice que hablan de las estrellas, de las estrellas que vio cada uno la noche anterior en el cielo.
—¿Las estrellas? ¿Pero qué son, astrólogos?
—¿Y qué sé yo?, qué querés que te diga, cada loquito con su librito, y ahora vos, que querés que mañana para el partido nos juntemos a las diez y veinticuatro... dejate de joder, ¿no podemos arreglar a las y media, como toda la vida?, ¡estamos todos locos!
—Bueno che, no sabía que tenías esos mambos, lo que pasa es que siempre me fijo cuando llegamos a la cancha, y por h o por b, constaté que llegamos siempre 6 minutos tarde, me pareció tan loco eso que pensé que por ahí si nos encontrábamos 6 minutos antes íbamos a llegar justo, qué se yo; pero dejá nomás, no importa.
—Pero dejáte de joder, qué andás constatando, es un partido de sábado de solteros contra casados, para qué querés llegar puntual si después hay que esperar al Chino y al Gordo que llegan siempre tarde...
—Bueno, dale, me voy, diez y media entonces, Furia, mandale saludos a Dado.
—Andá salame, andá comprar siete sesenta y cuatro de queso cremoso, ¡tomatelá!


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