domingo, 20 de febrero de 2011

Según Gloria

No hacía mucho tiempo que trabajaba en el bar. Llevaría unos cuatro o cinco meses atendiendo las mesas, más por aburrimiento que por necesidad. Tengo que decir que el lugar es bastante tradicional, con clientes que ya tienen elegida su mesa, que siempre entran a la misma hora y hacen el mismo pedido. En ese bar trabajaba yo, en la zona más cercana a la puerta, en la zona en donde los clientes habituales no se sientan nunca porque además de elegir siempre el mismo menú y la misma mesa, eligen al mismo camarero. Hay ciertas personas que no se llevan bien con los cambios. 
Ser la empleada nueva tenía una sola ventaja: pasado el mediodía, cuando los oficinistas vuelven a sus trabajos y el local queda semivacío a la espera de los clientes habituales, una puede ponerse a mirar a los que todavía están sentados, tomando un café o una gaseosa, limpiándose las migas de pan de la ropa o hablando por teléfono mientras juegan con el salero. Ésa era mi ventaja. Cuando mi zona se despejaba de clientes, todo lo que me quedaba por hacer era observar al resto del salón y sus ocupantes, a mis compañeros, al adicionista. 
A las 14:04 siempre entraba un hombre ni muy alto, ni muy bajo; ni muy joven, ni muy viejo. Un hombre que no habría llamado mi atención si no se hubiera sentado siempre en la mesa enfrentada a la tercera columna del salón, de frente a ella, mirándola. Pedía, cada vez, un cortado y una medialuna, que nunca consumía, y un vaso de vino tinto. 
Como todo, la observación fue más minuciosa a medida que transcurría el tiempo en que lo miraba. Al principio, sólo lo veía tomar el vaso de vino, luego el café, luego desmenuzar la medialuna, pagar e irse. 
Pero conforme el paso de los días, comencé a notar que se manejaba únicamente con su mano izquierda. Pasé una semana tratando de adivinar qué hacía con la otra mano hasta que descubrí que un tintinear que escuchaba mientras limpiaba la mesa, correspondía al movimiento de esa mano oculta. Y ese tintineo correspondía a algo metálico, quizás fuesen monedas, quién sabe, que el hombre sacudía dentro de su puño. 
El ojo se acostumbra rápidamente a lo que ve. Fue mientras secaba unas cucharas, también después del almuerzo, que noté qué me llamaba la atención realmente de ese hombre: después de tomar el vaso de vino, después de tomar el café, que por algún motivo que desconozco siempre se le derramaba sobre el plato, con parsimoniosa tranquilidad, con la única mano que utilizaba, levantaba el plato del pocillo, lo llevaba a la boca y bebía de él, como hacen algunos niños cuando toman la sopa. No sorbía, eso no. Pero luego de tragar el pequeño lago que se movía en el plato, pasaba la lengua por la loza, dejando el plato limpio. 
Me acerqué a la mesa después de que el hombre, dejando un billete abandonado bajo el contenedor de sobres de azúcar, salió por la puerta. La medialuna estaba desmenuzada de tal manera que imitaba a la perfección la circunferencia del plato. 
Como dije: el ojo se acostumbra rápidamente a lo que ve. Con los días, llegué a cronometrar cuánto tardaba el hombre en completar todo el circuito. Vino, café, medialuna. Y el tintinear de la mano derecha, caída, como muerta, al costado del cuerpo. 
Y como con todos los descubrimientos, una vez realizado, deja de tener interés, unos días más tarde me dediqué a observar a una señora mayor vestida de color salmón pastel. 

Unos meses más tarde renuncié al bar, porque a pesar de haber satisfecho mi curiosidad con el hombre de la medialuna desmenuzada, el tintineo permanente de su mano derecha no me permitía observar con tranquilidad y se albergaba en mi cabeza, al punto de seguir escuchándolo aún cuando hubiesen pasado muchas horas desde mi observación, aún cuando estuviera acostada y en posición de dormir.

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