lunes, 28 de febrero de 2011

Según Eugenio

Aunque no hubo uno designado, alguien grita un aplauso para el asador y todos aplaudimos y comemos, aliviados de haber cumplido con la primera parte del protocolo dominical. La sinfonía de cuchillos y tenedores contra el plástico —unos veinte pares, más o menos— se interrumpe cuando Maxi pregunta quién se prende a un truco después del almuerzo, y algunos responden y el amigo de Nerina, el Dado ése, rompe su propio silencio y se ríe solo por un rato, no mucho pero lo suficiente para que los otros dieciocho desconocidos lo miren con cara de de dónde salió éste, o con cara de espero que se vaya antes del picado. Y siguen comiendo mientras Maxi, al rato de rebuscar en su bolso, descubre que no tiene los naipes y pregunta dónde están los naipes sin recibir respuesta. Y cuando parece que nadie puede responder, y cuando la comunicación de una veintena de bocas masticando se vuelve obesa y anudada, yo muerdo un pedazo de papel y pregunto, mientras rebusco en mi boca intentando separarlo con los dedos de la carne masticada, quién prendió el fuego, y Lorena lo señala al Dado ése, y yo decido no mostrar el papelito engrasado, chamuscado, masticado, que acabo de sacar de mi boca, y en el que a duras penas se adivina una sota de espada.

domingo, 27 de febrero de 2011

Según Araceli

Me gusta cómo mirás tus uñas cuando esperás el colectivo. 
Me gusta cómo esperás a que el celular te suene tres veces antes de atenderlo. 
Me gusta cómo sonás tus dedos cuando hace frío, como queriendo devolverlos a la vida. 
Me gusta cómo devolvés los panfletos que te reparten en la calle, porque sabés que vas a terminar tirándolos. 
Me gusta cómo repartís esas sonrisas a los perros que se te acercan queriendo montar tu pierna. 
Me gusta cómo te acercás a la ventana de tu departamento para ver los murciélagos todas las noches. 
Me encanta cómo te ves al espejo todas las noches antes de entrar a la ducha. 
Me encanta cómo entrás en confianza con el toallón, acariciándolo, justo antes de envolverte en él. 
Me encanta cómo envolvés los cubiertos en la servilleta antes de sentarte a cenar todas las noches, aunque estés sola, siempre sola, y te resistas a encender el televisor para ocupar el silencio que te acompaña, todas las noches, siempre sola. 
Me gustás. 

Eso me escribió el del octavo hace casi dos semanas. Anteayer me mudé.

sábado, 26 de febrero de 2011

Según María López

—Casi lo paro. No sabía cómo anotarlo, sino lo paraba: el masculino se me acerca de frente ¿no? Directo a mí: ojos entrecerrados, entre intoxicado con mariguana y cliente de la zona roja, parece que va a proceder a abrir la boca, la abre un poquito, respira suave, frena un segundo, no me deja de mirar, me esquiva, pasa de largo, despacio... Casi lo paro... Todos los días igual, a la misma hora, la misma esquina. No hay ningún ilícito, nada. Por cualquier cosa lo pararía, pero no hace nada. 
—Pero, ¿lo conoce Cabo López? 
—Es un NN... Qué lo voy a conocer... Pero conoce mi ronda, sabe que aproximadamente a las dieciséis horas, dieciséis-cero-cinco, me toca esa esquina y me paro unos minutos... y no me espera ahí, se me aparece de la nada y de repente lo tengo a cinco metros, caminando con esa cara de... ¿se acuerda del Sargento Carvallo? ¿cuando le abrieron el expediente por estrés postraumático? Esa cara. 
—¿Y por qué no le pregunta algo? 
—¿«Tiene novia»? ¿Qué quiere que le pregunte? 
—Está en actitud sospechosa; interrogue, pregunte cuáles son sus intenciones. Seguro que en algo anda. 
—Además hace otra cosa, cuando pasa de largo... 
—¿Qué hace? 
—Siempre me doy vuelta cuando pasa, para mirar qué hace, y siempre hace lo mismo... 
—Pare con la intriga Cabo. 
—Me mira... 
—¿La mira? ¿Qué mira? 
—Me mira... 
—¿La mira? 
—A lo mejor me queda un poco ajustado el uniforme... pero no sé bien, porque no mira fijo y la mirada se le pierde, como que se le va para adentro de los ojos... a veces parece que mira la reglamentaria, o las esposas... es dudoso. 
—Detengalo. 
—Pero, ¿por qué? 
—Detengalo. Hágame caso.

viernes, 25 de febrero de 2011

Según Carlos

Como todos los martes a las 4:24 de la madrugada estacioné el colectivo en la parada de la Plaza Tahúr, en el extremo de la famosa fuente hexagonal. Ahí estaba el pibe, como todos los martes, con su sobretodo naranja y su boina vasca en la cabeza. Subió como siempre y, en vez de pagar el viaje, me regaló esa pregunta y me mantuvo despierto todo el recorrido a la espera de una respuesta, con esos ojos abúlicos e inocentes, con ese tono de voz inexpresivo y cantarín, con esa mano fría que siempre se posa en mi hombro derecho. 

Buenas noches señor colectivero, ¿por casualidad sabrá usted cuántos reflejos pueden guardarse en un solo espejo? 

Como piña, el pibe. De nuevo me va a dejar pensando una semana.

jueves, 24 de febrero de 2011

Según Felipe y el Pato

—Mirá, si me preguntás a mí, algo le pasa al pibe ese. No te voy a decir que es de esos oligofrénicos, que se babean y andan hablando solos por la calle. Pero vos lo ves, le hablás dos segundos y al toque pensás que algo le falla, que no tiene todos los patitos en fila, se le escapó un pitufo de la aldea. 
—¿Algún trauma de la infancia? 
—¡Yo qué sé! Capaz que se dio la cabeza contra una maceta cuando era chico o la vieja le surtió un chancletazo de más, andá a saber. 
—No creo, la madre no parecía mala. 
—¿La vieja no está medio muerta? 
—Y, debe tener como 90 años, ya se sabe un par de notas con el arpa. Anda media cagada de los pulmones y tiene un respirador artificial; cuando habla parece Darth Vader. 
—¿Te acordás cuando la Martinelli le preguntó dónde quedaba Bruselas y el muy nabo le dijo que no sabía pero que seguro ahí vivía gente muy alta? ¿Cómo se puede ser tan pelotudo? 
—Bueno, pará, como te digo, capaz que tenía algún problemita. Igual, mal pibe no era. Por ahí lo hacía para llamar la atención que no recibía en la casa. Como la vez que encontramos un sapo en el baldío al lado de la escuela, ¿te acordás? Yo tenía un cigarrillo que le había sacado a mi viejo, un 43/70 me acuerdo, esos cigarrillos negros que tiraban un humo espeso, con un olor que te golpeaba. Mi viejo lo fumaba y se sentía la baranda en toda la casa; lo bueno es que no había mosquitos. Cuestión que queríamos hacer que el sapo lo fumara. Media hora estuvimos cazando el sapo ese. Cuando lo pude agarrar, Dado se rebeló, me lo sacó de las manos y se lo llevó, porque según él, «a los sapos no les gusta fumar». 
—Un pelotudo, ¿no te digo? 
—Capaz que tenía razón. 
—¿Sobre qué? 
—Capaz que a los sapos no les gusta fumar. 
—Ah bueno, ahora defendemos al chico sensible, al incomprendido. Acordate de esa vez en la clase de Física, para que veas de qué clase de energúmeno estamos hablando. 
—¿De nuevo con la historia de los zapatos? 
—Sí señor, de vuelta con la historia de los zapatos, porque realmente no me entra en la cabeza ese comportamiento y si vos sos tan amable, podrías tener la deferencia de explicármelo. Estábamos un día en la clase de Física y Dado se sienta detrás mío. Yo estaba escribiendo y se me cae la lapicera al piso. Mientras tiraba manotazos porque la muy puta se me iba rodando para atrás, veo algo que me deja helado. ¡El subnormal éste estaba en patas! Pero lo mejor de todo es que no es que no tenía calzado. Los zapatos no tenían suela. Imaginate, un zapato, lustrado, acordonadito, pero sin suela. Así como te digo. No lo podía creer yo. Resigno la lapicera, me levanto y le pregunto «¿Che, Dado, qué les pasó a tus zapatos?» ¿Sabés lo que me contesta? ¿Sabés con lo que me sale? «Con las suelas no puedo sentir el piso» me dice, lo más tranquilo. Increíble. No supe qué responderle. Yo no sé cómo anda suelto ese pibe, debería estar internado, no es seguro que ese tipo de personajes ande suelto por la calle. Digo yo, el gobierno debería ocuparse de esas cosas.
—Hablando de eso, ¿a quién vas a votar?

miércoles, 23 de febrero de 2011

Según Ignacio

Otra noche lluviosa en Rosario. Me cruje la rodilla derecha por la humedad, pero aguanto. Aguanto, a pie, las cuadras de distancia que todavía me separan de mi departamento. Los conductores, enfurecidos, circulan como si fuese el más soleado de los días. A su paso, el agua amontonada en los cordones decora el entramado de baldosas por donde caminamos los peatones. 
Uno de los tiranos comienza a hacerme señas de luces. Me detengo y se detiene junto a mí, la posición justa para que sus compañeros automovilistas lo deleiten con sus verbalidades. Me invita a subir a su auto. Lo reconozco de algún lado. No sé su nombre, porque es de esos amigos de amigos que conocemos en eventos ocasionales, y que rara vez volvemos a ver. No tardo mucho en aceptar la oferta del extraño, frente al desolador panorama que me brinda la calle. 
Es difícil no saber el nombre de alguien con quien uno debe, inevitablemente, entablar una conversación. Lleva a una persona a recurrir a los más diversos trucos a la hora de referirse a su interlocutor. El genérico «che», el conveniente «eu», empezar las preguntas con «vos», son algunas de las muchas opciones disponibles. Todo vale, mientras no le revelemos a nuestro oyente que no sabemos su nombre, porque eso significaría que no lo recordamos y derivaría en, quizás, un momento incómodo. Tendemos a evitar este tipo de situaciones, y para quedar bien con los extraños, por alguna extraña razón, nos comportamos mejor, somos más respetuosos, queremos que el otro nos quiera. 
Parecía uno de esos tipos. Un tipo bienintencionado que reconoció a alguien en la calle y quiso hacerle un favor, llevándolo un par de cuadras. Tan sólo eso. Supuse que iba a intentar dejar en mí la mejor impresión. Quizás, incluso, podría tener el anhelo de que la próxima vez recordara su nombre. 
Las cinco cuadras resultaron ser reveladoras, tanto para él como para mí. Sufrí una transformación brutal. Pude sentir en mi interior el vertiginoso ritmo del poder. Ya nada importaba ahí dentro, los peatones eran seres irrelevantes que agonizaban en el asfalto, deteniendo nuestra marcha, retrasando nuestra llegada. Parecían minúsculos e irrelevantes, ¿cómo no iba a disfrutar con su sufrimiento? ¿cómo no sentir esa conexión con mi conductor? 
Al doblar la última esquina, con el semáforo en naranja, pude notar que su mirada se clavaba con furia en un ciclista. Se aprestó a encerrarlo entre un auto estacionado a centímetros de la esquina, como apercibimiento por haber pasado cerca de su espejo retrovisor. Me sentí reflejado en sus acciones. El anhelo de transformarse en opresor es la enfermedad incurable que sufrimos los oprimidos. Supe ahí que él también, en algún momento, había sido peatón. 

Me deja en la puerta del edificio, tras haber dejado su naturaleza al desnudo, y le agradezco al extraño la amabilidad de llevarme, ante toda la vorágine.

martes, 22 de febrero de 2011

Según Lucio

Nos tomamos el ascensor juntos. Me dijo que le gustaba sacarlo a pasear, al perro, pero no vi ningún perro, así que primero supuse que no le había entendido bien. No me pasa tan seguido, pero desde que me lo cruzo casi todos los días la impresión de que lo entiendo mal se ha vuelto más o menos habitual, así que no dije nada, simplemente asentí y creo que gruñí un sí. Hoy marcó el piso 12. Siempre pensé que vivía en el 8, pero es posible que esté confundido. Yo marqué el 15, como siempre. En mi cabeza sonaba musiquita funcional de ascensores, porque me incomoda un poco tenerlo tan cerca, en especial cuando no deja de mirarme el pelo; medio petiso como es al lado mío, se nota porque tiene que levantar la cabeza. Así que el ascensor para en el 12, y Dado abre la puerta y entra el perrito, contento, una especie de caniche pero más raro, como en los sueños, como si uno supiera que eso que ve, aunque no se ve como un caniche, es un caniche. Bueno, se sube el perro y Dado cierra la puerta y, antes de que el ascensor llegue a mi piso, ahí sí marca el 8, y yo me bajo diciéndome: tenía razón, vive en el 8, creo.

domingo, 20 de febrero de 2011

Según Gloria

No hacía mucho tiempo que trabajaba en el bar. Llevaría unos cuatro o cinco meses atendiendo las mesas, más por aburrimiento que por necesidad. Tengo que decir que el lugar es bastante tradicional, con clientes que ya tienen elegida su mesa, que siempre entran a la misma hora y hacen el mismo pedido. En ese bar trabajaba yo, en la zona más cercana a la puerta, en la zona en donde los clientes habituales no se sientan nunca porque además de elegir siempre el mismo menú y la misma mesa, eligen al mismo camarero. Hay ciertas personas que no se llevan bien con los cambios. 
Ser la empleada nueva tenía una sola ventaja: pasado el mediodía, cuando los oficinistas vuelven a sus trabajos y el local queda semivacío a la espera de los clientes habituales, una puede ponerse a mirar a los que todavía están sentados, tomando un café o una gaseosa, limpiándose las migas de pan de la ropa o hablando por teléfono mientras juegan con el salero. Ésa era mi ventaja. Cuando mi zona se despejaba de clientes, todo lo que me quedaba por hacer era observar al resto del salón y sus ocupantes, a mis compañeros, al adicionista. 
A las 14:04 siempre entraba un hombre ni muy alto, ni muy bajo; ni muy joven, ni muy viejo. Un hombre que no habría llamado mi atención si no se hubiera sentado siempre en la mesa enfrentada a la tercera columna del salón, de frente a ella, mirándola. Pedía, cada vez, un cortado y una medialuna, que nunca consumía, y un vaso de vino tinto. 
Como todo, la observación fue más minuciosa a medida que transcurría el tiempo en que lo miraba. Al principio, sólo lo veía tomar el vaso de vino, luego el café, luego desmenuzar la medialuna, pagar e irse. 
Pero conforme el paso de los días, comencé a notar que se manejaba únicamente con su mano izquierda. Pasé una semana tratando de adivinar qué hacía con la otra mano hasta que descubrí que un tintinear que escuchaba mientras limpiaba la mesa, correspondía al movimiento de esa mano oculta. Y ese tintineo correspondía a algo metálico, quizás fuesen monedas, quién sabe, que el hombre sacudía dentro de su puño. 
El ojo se acostumbra rápidamente a lo que ve. Fue mientras secaba unas cucharas, también después del almuerzo, que noté qué me llamaba la atención realmente de ese hombre: después de tomar el vaso de vino, después de tomar el café, que por algún motivo que desconozco siempre se le derramaba sobre el plato, con parsimoniosa tranquilidad, con la única mano que utilizaba, levantaba el plato del pocillo, lo llevaba a la boca y bebía de él, como hacen algunos niños cuando toman la sopa. No sorbía, eso no. Pero luego de tragar el pequeño lago que se movía en el plato, pasaba la lengua por la loza, dejando el plato limpio. 
Me acerqué a la mesa después de que el hombre, dejando un billete abandonado bajo el contenedor de sobres de azúcar, salió por la puerta. La medialuna estaba desmenuzada de tal manera que imitaba a la perfección la circunferencia del plato. 
Como dije: el ojo se acostumbra rápidamente a lo que ve. Con los días, llegué a cronometrar cuánto tardaba el hombre en completar todo el circuito. Vino, café, medialuna. Y el tintinear de la mano derecha, caída, como muerta, al costado del cuerpo. 
Y como con todos los descubrimientos, una vez realizado, deja de tener interés, unos días más tarde me dediqué a observar a una señora mayor vestida de color salmón pastel. 

Unos meses más tarde renuncié al bar, porque a pesar de haber satisfecho mi curiosidad con el hombre de la medialuna desmenuzada, el tintineo permanente de su mano derecha no me permitía observar con tranquilidad y se albergaba en mi cabeza, al punto de seguir escuchándolo aún cuando hubiesen pasado muchas horas desde mi observación, aún cuando estuviera acostada y en posición de dormir.
 
 
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