miércoles, 23 de febrero de 2011

Según Ignacio

Otra noche lluviosa en Rosario. Me cruje la rodilla derecha por la humedad, pero aguanto. Aguanto, a pie, las cuadras de distancia que todavía me separan de mi departamento. Los conductores, enfurecidos, circulan como si fuese el más soleado de los días. A su paso, el agua amontonada en los cordones decora el entramado de baldosas por donde caminamos los peatones. 
Uno de los tiranos comienza a hacerme señas de luces. Me detengo y se detiene junto a mí, la posición justa para que sus compañeros automovilistas lo deleiten con sus verbalidades. Me invita a subir a su auto. Lo reconozco de algún lado. No sé su nombre, porque es de esos amigos de amigos que conocemos en eventos ocasionales, y que rara vez volvemos a ver. No tardo mucho en aceptar la oferta del extraño, frente al desolador panorama que me brinda la calle. 
Es difícil no saber el nombre de alguien con quien uno debe, inevitablemente, entablar una conversación. Lleva a una persona a recurrir a los más diversos trucos a la hora de referirse a su interlocutor. El genérico «che», el conveniente «eu», empezar las preguntas con «vos», son algunas de las muchas opciones disponibles. Todo vale, mientras no le revelemos a nuestro oyente que no sabemos su nombre, porque eso significaría que no lo recordamos y derivaría en, quizás, un momento incómodo. Tendemos a evitar este tipo de situaciones, y para quedar bien con los extraños, por alguna extraña razón, nos comportamos mejor, somos más respetuosos, queremos que el otro nos quiera. 
Parecía uno de esos tipos. Un tipo bienintencionado que reconoció a alguien en la calle y quiso hacerle un favor, llevándolo un par de cuadras. Tan sólo eso. Supuse que iba a intentar dejar en mí la mejor impresión. Quizás, incluso, podría tener el anhelo de que la próxima vez recordara su nombre. 
Las cinco cuadras resultaron ser reveladoras, tanto para él como para mí. Sufrí una transformación brutal. Pude sentir en mi interior el vertiginoso ritmo del poder. Ya nada importaba ahí dentro, los peatones eran seres irrelevantes que agonizaban en el asfalto, deteniendo nuestra marcha, retrasando nuestra llegada. Parecían minúsculos e irrelevantes, ¿cómo no iba a disfrutar con su sufrimiento? ¿cómo no sentir esa conexión con mi conductor? 
Al doblar la última esquina, con el semáforo en naranja, pude notar que su mirada se clavaba con furia en un ciclista. Se aprestó a encerrarlo entre un auto estacionado a centímetros de la esquina, como apercibimiento por haber pasado cerca de su espejo retrovisor. Me sentí reflejado en sus acciones. El anhelo de transformarse en opresor es la enfermedad incurable que sufrimos los oprimidos. Supe ahí que él también, en algún momento, había sido peatón. 

Me deja en la puerta del edificio, tras haber dejado su naturaleza al desnudo, y le agradezco al extraño la amabilidad de llevarme, ante toda la vorágine.

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