viernes, 4 de marzo de 2011

Según Verushka

Calcé medias con rombo, tapadito verde corderoy y una hebilla de mariposas que encontré en el último cajón de la cómoda de mi abuela el día que limpiamos su casa luego del accidente.
Me miré primero en el espejo y después en todas las vidrieras mientras caminaba al bar. Me gusto en movimiento: la tela del vestidito, el pelo y el viento, los brazos en vaivén, no sé... las rayas del vuelo. El problema surge cuando congelo la imagen. Soy la de la foto del marco rococó que a la cabecera de una cama con huellas de un solo lado se casa para siempre con mi abuelo pero a colores. 
Crucé la esquina al compás de una sinfonía de bocinazos confirmando que otra vez olvidé el funcionamiento del sistema tricolor del semáforo. Como suelo esquivé los baches negros del paso cebra y llegué a los saltitos al puesto de flores que está justo en la puerta del café. Cumplí con el ritual familiar al comprar jazmines y los afirmé en mi ojal perfumándome uniforme la solapa, el paso y el aura. 
La mesa de mi ventana preferida, libre. Sentada feliz esperé unos minutos mi té de frutillas y doce tés de frutillas a quien ya no quiero más. 
Entonces, como por un prisma de ojos con lágrimas lo vi en pedacitos y repetido en triángulos mirarme fijamente. 
Bajé la vista porque corresponde, porque así me lo enseñó mi abuela por imposición. Pero cuando las miradas se sienten clavadas, pesan y volvés a mirar instintivamente, así que claro, volví a mirar y esta vez el pibe sonriendo me mostraba un mapa de Italia que movía de un lado a otro de la mesa como si fuera animado y caminara del Mediterráneo al Adriático. Sonreí más que por gracia porque no sabía qué hacer. Ya había fingido no entender si era para mí o no cuando usó la cucharita de catapulta y me tiró tres sobrecitos de edulcorante; no creí que esta vez volviera a resultar. 
Me miré las manos, olí los ya derretidos pétalos blancos de mi lateral descorazonado y curiosa disimulé otro mesa a mesa. Ahora hecha bollo y al piso la península, gesticulaba sus manos desnudas simulando títeres y les improvisó un diálogo de idioma inventado que, obvio, no decía nada. 
Rápido, sin esperar mi parpadeo de desconcierto, se paró esbelto al lado de su silla y con sus parlantes manos a la cintura zapateó cinco octavos de tap con chapa y todo. 
La respiración cortada... de los dos. 
Apuró su chocolatada de un trago luciendo un grueso bigote marrón polvo y de sorpresa, como quien cae a un pozo, se escondió bajo la mesa «jugando» a que no estaba más. 
Después de unos segundos bajé para ver qué hacía; se acercaba en cuclillas acortando el espacio de las dos mesas que nos separaban y llegó antes de que yo tratara de irme para atrás. 
Puso sobre mi libro una peineta y un cintillo con piedrita rosa de iniciales grabadas y se fue. Cuando me di cuenta que eran de mi abuela el tipo ya fuera del bar no estaba a la vista; culpa de tantas flores en venta.

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