—A mí lo que me gustaba del chabón es que escucha música al palo y resulta que lo que escucha es lo que yo hubiera puesto.
Claro, a mí no me jode pero tenía que escucharla todo el tiempo la cantinela de Luciana diciendo «cómo logra hablar por teléfono si nosotros apenas podemos comunicarnos por culpa de su volumen» a lo que yo, en chiste, le respondo que si nos cuesta el diálogo debe ser por motivos de pareja que no lo meta al bepi que no tiene nada que ver. Me hace ojitos, sonríe y sigue: «no seas pavo que sabés de qué te estoy hablando; mirá, ahora llora... no, se ríe... se está riendo, ¿no?»
Y me levanto para consentirla y asomo el marote por la ventana y lo veo al loco riéndose de manera tentadora, te juro, empiezo a reírme porque algo contagioso provoca la risa de otro, viste; pero nos entramos a preocupar cuando a los cuarenta y cinco minutos el flaco estaba en la misma y ya sin teléfono.
Imaginate. Luciana y yo asomados, pegados a la ventana sin disimulo como si no hubiera nada más interesante para ver o hacer.
Abajo el ruido de los pocos autos que dan vueltas a las dos de la mañana se sumó a lo único que se escuchaba del edificio de enfrene, la música.
Entonces ahí me dice: «voy, cruzo. Le pregunto si está todo bien, porque lo veo distinto; está distinto, como en trance. Veo. Si está todo ok, vuelvo»; le digo: Luciana cortala. ¿Distinto a cuándo? Tendrá algunas pastillas encima, dejalo. Es inofensivo. Si sigue con la musiquita llamamos al portero y le pegará un timbrazo, como hicieron los del 6to la otra vez.
Termino de decirle eso y escucho: «voy».
A los cinco minutos lo veo al flaco ir hacia la puerta, abre y hace el ademán clásico de invitar a pasar a quien está del otro lado.
Entra Luciana.
Empieza a hablar, incómoda, moviendo los brazos como hace siempre. El loco, indiferente porque se le notaba en la cara sin que le importara en lo más mínimo lo que Luciana tenía para decirle, le tira la mano; se dan la mano. La saca a bailar. ¿Escuchaste? la saca a bailar y la muy turra sale a bailar.
Bailaron como tres horas.
¿Sabes cuántas veces Luciana miró por la ventana sabiendo que yo estaba viéndolos y a unos metros; que la muy trola sabe que podría haber cruzado en cualquier momento y romperle la puerta, la cara, la música, todo? ¿Sabes cuántas veces?
Ninguna.
Y el pibe se la empieza a comer. A los besos limpios y Luciana relajadísima, seductora, diosa; «si está todo ok, vuelvo» hija de puta pensaba yo cuando lo veo al loco mirarme fijo... él sí me mira, consciente de que estoy, de que existo, de que los veo, de que está con mi mujer y me sigue mirando y se sonríe y le mete unas manos que daban para el aplauso y le empieza a sacar la ropa en el mismo momento que salen del living y dejo de verlos.
Siguió la música hasta las ocho y media.
Ayer llovió mucho y todo el día pero de vez en cuando alcazaba a ver cuando Luciana pasaba a la cocina.
Nunca cruzó la mirada. Nunca cerró la ventana o corrió las cortinas.
A él en cambio lo veía nítido cada vez que se asomaba, tanto que hasta me pareció que me saludaba con la mano confirmándome que siempre supo que lo mirábamos desde el otro lado y que se la estaba cobrando.
Es inofensivo, me acuerdo que le dije, hija de re mil putas.
Y no sé, calculo que vendrá esta noche porque mañana tiene que dar clases.


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