viernes, 18 de marzo de 2011

Según Gustavo

Llegué y ya estaba ahí, sentado, las manos sobre las rodillas y la mirada perdida en un cartel de «Sonría, lo estamos filmando». Sonreía, el Dado éste. Probé un desafilado «hola», me presenté, el tipo me sonreía y asentía con la cabeza sin hacer sonido, sólo respondió con un «Dado» a mi «Gustavo». Me senté a su lado, imité su posición casi instintivamente, pensé que lo único que hacía falta en ese lugar era música de ascensor.
—¿Alguna vez participaste en una organización de este tipo?
—No —me dijo.
—Bueno, como para que tengas un panorama, nosotros arrancamos hace casi cinco años y en la actualidad somos casi treinta personas. Hay de todos los palos, de todas las edades, cada uno aporta el tiempo y los conocimientos que tiene. ¿Vos qué hacés?
—¿Cómo qué hago?
—Que qué hacés, a qué te dedicás, o sea.
—Ah.
Y se calló como por quince segundos. Quince segundos no son mucha cosa, pero pónganse a contar y van a ver que, en una espera sin música funcional, son una eternidad.
—Cocino. Estudio. Tampoco me quiero casar.
—Ah. Okay. Bueno, la idea es ésta, hoy vamos a hacer una reunión cortita, tipo de introducción, como para que conozcas a la gente de acá y te cuenten sus experiencias, qué se logró en estos cinco años y, de paso, nos cuentes un poco sobre vos, desde dónde podés ayudar... ¿Cómo pensás que podés colaborar con nosotros?
—No podemos seguir esperando tan tibiamente a que las cosas cambien. La revolución es urgente, hay que derribar instituciones, derrocar gobiernos e instaurar ideas modernas, ideas que cambien la forma en que la gente ve las cosas. Me cansé de que me quieran dar mal el vuelto en todos lados. Me cansé de las colas en los bancos. Me cansé de la mugre institucionalizada, y de la corrupción reglamentaria, y de la prohibición compulsiva. Basta. Hay que salir a la calle, armados si es necesario.
Y ahí me sonó la alarma en la cabeza. No sabía si reírme o no, así que me reí por las dudas, porque no sabía si era un chiste y, si lo era, no lo parecía porque él no se rió. Me reí un poquito más, suspiré, respiré profundo y hablé, calmado.
—Bueno, nosotros no encaramos las cosas de esa manera. Pienso-- pensamos que los cambios tienen que ser lentos, programados, a conciencia. Queremos que la gente se sume voluntariamente, que piensen que vale la pena. No nos gusta la violencia, no aprobamos métodos... extremos, digamos.
 —Lentos, son todos lentos —replicó, pero no a mí sino a sí mismo, al salón, al silencio—. ¿Dónde está el baño?
—Allá, justo atrás de la escalera; doblás a la derecha y abrís la puertita amarilla que no tiene manija.
Se paró y se alejó, desapareciendo detrás de la escalera. Y no lo vi nunca más.

1 comentarios:

Euge Pú dijo...

Muy bueno, felicitaciones Gustavo ;)

 
 
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